domingo, 15 de junio de 2008

Melos

Nunca nada ni nadie fuera de él disfrutó de aquella maravillosa música silente, generada únicamente para complacerse a sí mismo.

No tenía músculos ni sistema nervioso, ni siquiera un cuerpo como nosotros lo concebimos.

Su esencia consistía en una infinita gama de sonidos, tiempos y silencios. Lo más parecido a un cerebro que esa criatura poseía era un inmaterial centro instintivo rítmico que le permitía jugar elegante y apasionadamente con sus recursos musicales, combinándolos de manera exquisita para conformar aquella deliciosa y nutritiva música muda de la cual se alimentaba para seguir viviendo.

Un día, extasiado de la belleza de su propia creación, se escuchó demasiado y murió de sobredosis de sí mismo. Su obra flota silenciosa en alguna parte del universo.